ADORACIÓN EN LA PRESENCIA DE DIOS
Queridos hermanos y hermanas del Jardín del Señor,
¡Paz a vosotros!
Os proponemos leer esta meditación, ayudados por una pregunta con la que comienza el salmo 15: «Señor, ¿quién habitará en tu tienda? Quién habitará en tu santo monte (cf. Sal 24; Is 33, 1-16). Esta pregunta ya implica una respuesta: nadie puede estar en la presencia de Dios; nadie puede contemplarLo cara a cara.
Bíblicamente, la condición pecaminosa del hombre no puede subsistir frente a la sublime santidad de Dios: esto implicaría la aniquilación de nuestra naturaleza (cf. Is 6, 3-5). La única posibilidad para que el hombre permanezca en la presencia de Dios prevé que él sea "sin mancha", es decir, sin culpa.
Una hermosa promesa podemos encontrarla en el libro de Tobías. Es el tiempo del exilio asirio y se experimenta la tragedia de vivir lejos del Templo de Jerusalén. Tobías, movido por Dios, nos da una oración de bendición y alabanza, en la que se anuncia que el Señor volverá a levantar su tienda, es decir, su Templo, desde donde mostrará su amor a todo hombre, y levantará -como prometió- una nueva tienda, donde cada hombre podrá acceder a la presencia de Dios: «Jerusalén, ciudad santa, Él te castiga por las obras de tus hijos, pero todavía tendrá misericordia de los hijos de los justos. Alaba dignamente al Señor y bendice al rey de los siglos; él reconstruirá en ti su tienda con alegría» (Tb 13, 6-11).Dios está a punto de construir una nueva tienda, donde acogerá como huésped a cada persona y a cada desdichado. No es, por tanto, un lugar de encuentro para los irreprensibles, ya que "el irreprensible", Jesucristo, asumiendo todos nuestros pecados, es quien construyó la nueva tienda, el lugar del encuentro con el Señor: adoración en presencia de Dios.
He aquí la nueva tienda, cuando él mismo fue levantado sobre el Calvario, desde donde, como había anunciado, manifestó la gloria de Dios: «Cuando el Hijo del hombre sea levantado, entonces conoceréis que Yo Soy» (Jn 8, 28). He aquí, el nombre de "Yo soy" fue el que el Señor reveló a Moisés como garantía de la autenticidad de la misión a la que había sido enviado (Ex 3,14), un templo nuevo, manifestación gloriosa del misterio de Dios, al que todo hombre tiene acceso, como anuncia Jesús mismo antes de su pasión: «Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).
Amadísimos hermanos y hermanas, en este tiempo de Cuaresma meditamos y contemplamos el nuevo templo construido sobre el Calvario, manifestación del misterio de Dios, donde el hombre puede adorarLo en espíritu y en verdad. Esto es lo que Jesús anuncia a la samaritana: «Créeme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre..., pero llega la hora -y ya está aquí- en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4, 21-24).
En cada Santa Misa y en cada Hora Santa, ante la Eucaristía expuesta o presente en el tabernáculo, oramos por nuestra continua conversión y por la de todos los hombres y mujeres, que también necesitan encontrar un camino que les lleve y conduzca al verdadero encuentro con Dios. Con estas intenciones nos unimos a la primera adoradora en espíritu y en verdad, es decir, María Santísima. Desde Getsemaní acompañamos al Señor en su pasión y en su camino al Calvario; a los pies de la Cruz encontramos a esta Madre-Mujer y contemplamos el misterio de Dios en el rostro de su Hijo, entregado para la salvación de la humanidad. María y Juan, sosteniéndose el uno al otro en el dolor, miraron más allá del rostro desfigurado de Jesús y, mirando al horizonte infinito de Dios, lo adoraron. Contemplando el misterio con profundo amor, vivamos también nosotros esta adoración en presencia de Dios.
Sed bendecidos desde el Jardín del Señor.
